Los días de futbol siguen siendo días de crisis, sí, pero son días de futbol. Son estas fechas en las que muchos bares se visten con sus mejores atuendos, siendo éstos las banderas de sus respectivos equipos. Algunas de ellas son colgadas con destreza, otras de cualquier manera, acabando éstas ultimas desapareciendo o paseándose por los suelos pegajosos cuando el partido termina. Son pues, estos días que las cervecerías, por ejemplo, se llenan de clientes, de todas las edades.
Y es a medida que la gente va llegando cuando se percibe un intento de jugar al típico juego de las sillas, para luego darnos cuenta que lo único que quieren es colocarla de la mejor manera para ver el partido. Más tarde llegan aquellos poco puntuales y que quieren, aun así, tener el mejor asiento, en el mejor sitio. Es entonces que se crea como un mormullo, gente que se queja por los tardones. Luego, ese juego de sillas que se pudo apreciar al principio del encuentro, se pasa a una larga e interminable partida al tetris. Todos quieren tener su butaca de la mejor manera colocada. Aunque si que es verdad que siempre queda alguien que prefiere quedarse de pie y no jugársela a tener torticolis al día siguiente por una insistencia de movimientos cortos para lograr poder ver el partido sin que la cabeza del personaje de enfrente te prive de ver la pantalla al completo.
Pero antes que todo esto suceda, antes que todo el mundo este a sus puestos, asentados, en las mesas, junto con una cerveza y unas patatas, solo se escucha hablar de recortes, de la reforma laboral, del poco dinero que tenemos, de la huelga, y de millones de cosas relacionadas con la crisis financiera.
Sin embargo, a medida que pasa el tiempo y se aproxima el pitido del arbitro, que señalará el inicio del partido, estos coloquios van cambiando de temática y difuminándose, sin ser el causante directo, en la mayoría de los casos, el alcohol. Y es cuando del paro, algunos desplazan el tema hablando de la alineación del partido que justo ahora acaba de salir en la pantalla del televisor. Hay quienes no se han dado cuenta de eso, y entre sorbo y sorbo, discuten sobre temas sociales y económicos. Por el contrario, quien si que ha captado lo que se da en el televisor, baja el volumen y fija su mirada en lo que va a acontecer en unos minutos en esa cajita metálica colgada de la pared.
Entre aquellas 20 o más personas que se encuentran en ese lugar, como desempleados, fastidiados, mileuristas… actúa esa fuerza poderosa, amnésica del deporte, y en este caso del futbol. Ellos han aparcado todos esos problemas, han dejado de llorar y de fruncir el ceño, han dejado su mente en blanco, para gritar de alegría, de enfado porque han fallado un penalti, porque el arbitro no ha pitado una falta, porque aquel hace teatro, porque el otro ha marcado un gol de infarto, y por tantas cosas más. Y es de este modo que actúa esta magia del deporte, ese poder que tiene de rescatar a los humanos del pozo sin fondo y hacerles olvidar durante 90 minutos todos sus preocupaciones y aquellos driblings que van a tener que hacer el día de mañana para tirar adelante con sus vidas.