60 millones de años
de vida, 8 kilometros de distancia, muchas historias y aún mucha vida por
recorrer. El verde, el azul, el marrón, el ocre, el gris, son los protagonistas
principales de este maravilloso paraje. Una inmensa paleta de colores planos,
otras veces mezclados. Colores fríos, calientes. Algunos con tonos sombríos,
otros amarillentos, azulados. Estas pequeñas pinceladas que todas juntas hacen
algo muy grande, enorme, increíble. Al final de prados verdes, muy verdes, de tono amarillento, un tanto humédo por las lluvias continuas de la tierra. A los últimos metros de un camino eterno de color esperanza, unas rocas furiosas pero amables a la vez dan la bienvenida. Lo mismo hace el agua, el viento, la luz. En esa parte alejada de todo lo urbano los cinco sentidos se disparan al ritmo de las céilidh. El ruido del agua, las vistas al horizonte, el sabor a lo natural, el tacto de las rocas, el olfato a libertad.
Los Acantilados de
Moher (Irlanda), se encuentran en la costa del océano Atlántico. Éstos que, literalmente significan “acantilados de la
ruina”, traducción que poco tendría que ver con la realidad con la que nos encontramos. Éstos forman parte de las 7 maravillas del mundo y son parada obligatoria para todos los curiosos de la tierra irlandesa. Es un lugar que te libera,
que nada tiene que ver con la ciudad cosmopolita como Dublin, como Barcelona…
como muchas capitales del mundo.
Es pues, evasión, una de las palabras que definiría este
accidente geográfico con tantos millones de vida y de tantos que le queda. Famoso
por sus colores, su paisaje, su luz, sus sombras, su gente, su fauna su
respiración.